Cuando era un niño, aprovechaba cada circunstancia para ganar algún dinero, una de las tareas que hice fue vender flores el día previo al 2 de noviembre y el mismo 2.
Cultivaba gladiolos de diferentes colores, y los cuidaba para que esos días estuvieran florecidos la mayoría.
Un noviembre, el clima había corrido mal, y los gladiolos no florecieron, tenía apenas algunas docenas de calas y lo que si, estaban hermosas, eran las amapolas dobles, parecían claveles, no resistí la tentación, el dinero escaseaba, y corté varias docenas de amapolas, y las vendí al precio de claveles, el ingenio me devolvió la esperanza, pero solo el primero ya que el mismo día dos no pude ni salir a vender, veía pasar gente conocida con doce vástagos verdes y en su extremo la redonda semilla de amapola ya sin casi ninguno de sus hermosos pétalos rosados y rojizos, es lo que tiene la amapola, sus pétalos duran un par de horas y se caen después de arrancada la flor.
Aprendí varias cosas de esa experiencia, una de ella es que es fácil vender amapolas a los que no saben de claveles.
Aprendí que aunque me avergoncé por lo que hice, ninguno de los receptores de las ofrendas salió a quejarse, lo que me confirmó estaban agradecidos por el gesto de sus familiares de ir a visitarlos y embellecer su morada final.
Aprendí que una transacción fraudulenta dura solo un dia, al otro día hay que esconderse.
Aprendí con los gladiolos, que las flores no muestran sus bellos pétalos cuando nosotros queremos, y que por mas ansioso que uno este, debe esperar su tiempo para apreciarlas.
Aunque el dinero de las amapolas duró muy poco en el bolsillo, sus fugaces pétalos siguen dándole color y sabiduría a mi vida.
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